Niños y familias recogiendo patitos de goma en la bahía de Can Picafort mientras huele a paella

Captura de patitos y paella: Can Picafort celebra el verano con patitos de goma

Patitos de goma, aroma a paella y risas infantiles: en Can Picafort la captura anual de patitos ya forma parte del verano tanto como la puesta de sol sobre la bahía. Una tarde llena de pequeñeces y gran alegría.

Pequeños botes amarillos en el mar — una fiesta que detiene la rutina

Cuando el reloj en Can Picafort se acerca al mediodía, la Plaza Marina cambia: de paseo tranquilo se convierte en un nudo vibrante. No solo se oye el chapoteo de las barcas, sino también las voces de los niños, el débil chirrido de los patitos de goma y el aroma de la paella recién hecha que se desprende de uno de los puestos. Es precisamente esa mezcla de ruido y calidez la que hace tan encantadora la captura de patitos y paella en Can Picafort.

Las reglas son sencillas y por eso mismo tan bonitas: pequeños patitos amarillos flotan en la bahía poco profunda, y quien saque uno a la orilla recibe un número para la tómbola. Los premios no son lujos, sino cositas útiles o un cupón sorpresa — perfectos para familias y turistas que disfrutan de una competición inocente. Una voluntaria del Ajuntament de Santa Margalida estuvo a mi lado, sonrió y dijo: «Es una tarde para todos, no solo para los profesionales.»

Por qué el evento encaja tan bien en Can Picafort

Can Picafort vive de momentos como este. El paseo del puerto se convierte en escenario: un acordeonista toca de vez en cuando canciones marineras, un puesto vende bizcochos de almendra recién horneados y pies con arena entre los dedos se apoyan en las barandillas. Se nota enseguida: aquí no se busca la perfección, sino el encuentro. Para los locales el ritual es casi tan fiable como la siesta diaria, y para los visitantes ofrece una mirada sincera a la despreocupada alegría veraniega mallorquina.

Consejos prácticos para los visitantes: venid temprano, traed una bolsa de playa o una cesta y id con chanclas, porque junto al agua puede haber barro. Los patitos se recogen mejor en agua baja; los organizadores y voluntarios son fácilmente identificables con chalecos y ayudan si alguien resbala. Hay chalecos salvavidas para los pedalós, pero el riesgo es pequeño — más risas que peligros.

El día no termina con el último patito: por la noche hay un pequeño espectáculo de fuegos artificiales que ilumina el cielo sobre la bahía. A medianoche, cuando los últimos petardos se apagan y el olor a sal marina queda en el aire, la gente sigue sentada contando quién ha sacado más patitos. Quizá solo ganes una bolsa de nueces, pero el recuerdo pesa más que cualquier premio; de hecho, es parte de la fiesta familiar con tómbola y fuegos artificiales.

En el lugar se respira ese cálido sentido de comunidad: voluntarios que empujan los pedalós, vecinos mayores que cuentan historias de fiestas pasadas, padres jóvenes que sujetan a sus hijos de la mano. Son esos pequeños encuentros —la charla sobre la receta de la paella, las ánimas que se dan durante la caza de patitos— los que llenan la tarde. Y, siendo sinceros: gritar de alegría por un patito de goma durante unas horas sienta bastante bien.

Un pequeño deseo al margen: si venís, llevad una botella reutilizable y echad la basura en los contenedores que hay. Las fiestas así son más bonitas si son sostenibles. Y quien tenga tiempo, que se apunte con los voluntarios —unas manos extra podrían inspirar a otras localidades de la isla a organizar tardes igualmente sencillas y alegres.

Yo estuve allí con un café en la mano y una ligera quemadura de sol, escuché gaviotas graznar, vi perros husmear curiosos y pensé: así es Mallorca en verano — improvisada, un poco ruidosa, pero de corazón. Si os queda un hueco en la agenda: venid a Can Picafort, atrapad un patito y guardad un pequeño recuerdo isleño. No es un gran espectáculo de pompa, pero durante una tarde acerca a la gente — y eso cuenta.

Noticias similares