
Metropolitan en Pere Garau: reforma bajo la lupa — lo que Palma debe aclarar ahora
Palma compró el cine Metropolitan y dos locales por 3,6 millones de euros. El jurado ha revisado 14 proyectos anonimizados. ¿Qué preguntas quedan abiertas — desde la protección del patrimonio hasta el tráfico vecinal?
Metropolitan en Pere Garau: reforma bajo la lupa
Ya no es solo un edificio que la gente ve al pasar por la plaza junto al mercado. Desde hace aproximadamente un año, el antiguo cine Metropolitan pertenece al Ayuntamiento de Palma, junto con dos locales contiguos — precio total de compra: 3,6 millones de euros. Sobre el papel hay ahora un plan de uso denso: comisaría, centro de salud, oficina de atención al ciudadano, biblioteca, guardería y un aparcamiento subterráneo. La administración ha abierto a consulta proyectos de concurso anonimizados: 14 propuestas fueron evaluadas de forma preliminar en una primera ronda; la selección final seguirá en otra sesión. Y en medio quedó la pregunta sencilla que los vecinos discuten desde hace meses en la esquina de Pere Garau: ¿qué pasará con el lugar donde antes se proyectaban películas?
Pregunta clave
¿Puede la ciudad convertir un cine histórico de programación en un centro administrativo y de servicios multifuncional sin destruir el carácter del barrio y sin generar nuevos problemas — tráfico, costes de funcionamiento, conflictos de uso y protección del patrimonio —?
Análisis crítico
Los hechos son claros: compra hace alrededor de un año, precio 3,6 millones de euros, 14 proyectos anonimizados, jurado presidido por el alcalde. Pero entre esas cifras hay muchas decisiones que aún no se han explicado al público. Un cine no es un cubo vacío: el espacio escénico, las butacas, la fachada, las características acústicas — todo ello influye en usos posteriores. Si se proyecta una biblioteca junto a una guardería y una comisaría, hacen falta horarios de funcionamiento bien definidos, conceptos de protección acústica y entradas separadas. Un aparcamiento subterráneo implica: accesos, aumento del tráfico y posible carga para las calles secundarias. Y: ¿quién pagará el mantenimiento a largo plazo? El Ayuntamiento asumió el coste de compra y planificación; pero los costes corrientes de personal y conservación del edificio pueden cargar las arcas municipales durante años.
Qué falta en el discurso público
El debate ha mostrado hasta ahora dos lagunas: primero, detalles sobre la conservación de la sustancia histórica; segundo, un calendario y un plan financiero comprensibles para la ciudadanía. A los vecinos les interesa especialmente si se conservará la antigua fachada del cine, si los interiores con estructura original han sido documentados y cómo las obras afectarán al uso de la plaza y del mercado. Páginas públicas del proyecto, cronogramas visualizados y una declaración clara sobre la financiación —por ejemplo, qué importes asumirá el municipio y si se han solicitado subvenciones— aún no son visibles. También faltan declaraciones explícitas sobre el proceso de participación: ¿qué posibilidades tienen las asociaciones, residentes y comerciantes del mercado para aportar sus expectativas?
Una escena cotidiana en Pere Garau
Temprano por la mañana ante el Mercat de Pere Garau: los vendedores colocan cajas de fruta, una mujer con una bolsa saluda a la panadería, jóvenes se ponen los cascos y suben al autobús. La plaza huele a café y naranjas. Sobre todo pesa el rumor del ruido de obra, aceras cortadas y la posterior búsqueda de aparcamiento. Esas pequeñas escenas muestran que una reforma afecta a la vida diaria. Si la ciudad planea aquí, no solo debe convencer a arquitectos, sino también a quienes usan el camino al mercado cada día.
Propuestas concretas de solución
1) Publicar un paquete de transparencia: planos, estimaciones de coste, comparación de variantes y un plan de financiación sencillo. Eso genera confianza y reduce especulaciones. 2) Revisión de patrimonio: un informe externo accesible que evalúe fachada, elementos constructivos y valores espaciales, y que determine qué elementos deben conservarse obligatoriamente. 3) Ejecución por fases: primero espacios que requieran menos obra (atención al ciudadano, partes de la biblioteca), luego áreas más críticas (aparcamientos subterráneos, guardería). Así el barrio permanece menos tiempo en obra continua. 4) Participación local: talleres en el centro comunitario, citas en el mercado, herramientas digitales de feedback — los vecinos deben tener opciones concretas, no ser solo observadores. 5) Plan de movilidad: un aparcamiento no es una solución aislada. Es obligatorio un estudio independiente sobre la carga de tráfico alrededor del proyecto, reglas claras para accesos y horarios de camiones durante la obra. 6) Revisar el modelo de gestión: ¿quiere la ciudad gestionar todos los servicios o asociarse? Los modelos público-privados deben ser más transparentes; los costes corrientes de personal deben incluirse en planes a largo plazo. 7) Garantizar uso cultural: una parte de la sala del cine podría reservarse para ciclos de cine, teatro local o asambleas vecinales —un compromiso entre la oferta de servicios y la preservación de la identidad cultural.
Qué pasos a corto plazo son necesarios ahora
La próxima sesión del jurado ofrece la oportunidad de transparencia: si la administración comunica al menos un resumen de los documentos del concurso y los criterios de evaluación, los ciudadanos y actores locales tendrán una base para el debate. Paralelamente deberían definirse responsabilidades claras: quién es el contacto para cuestiones de ruido, quién para patrimonio y quién coordina el tráfico. Un plazo para talleres públicos dentro del próximo trimestre haría el proceso más creíble.
Conclusión contundente
Está bien que Palma invierta en infraestructuras públicas. El Metropolitan puede ser una ganancia para Pere Garau —pero solo si la ciudad ahora muestra sus cartas, toma en serio la protección del patrimonio y vincula a la vecindad. Si no, una esperanza podría convertirse en una obra interminable con mucha discusión y poco consenso. La decisión más cara sería aquella que socave la identidad del barrio. Hacer buena ciudad no se mide solo por edificios emblemáticos, sino por cómo un proyecto encaja en la vida cotidiana de la gente.
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