
Por qué la muerte de Justus es más que una despedida: Una mirada a la música callejera, la falta de hogar y el desarrollo urbano
Por qué la muerte de Justus es más que una despedida: Una mirada a la música callejera, la falta de hogar y el desarrollo urbano
Justin «Justus» Kullemberg, violinista y conocido músico callejero en Ibiza, falleció la semana pasada. Su vida en la calle plantea preguntas: ¿Cómo trata nuestra sociedad a quienes viven con la música en lugar de con muebles?
Por qué la muerte de Justus es más que una despedida: Una mirada a la música callejera, la falta de hogar y el desarrollo urbano
Un músico llamado Justus murió el 13 de febrero. Su vida y su muerte reflejan un problema mayor en las islas.
En la entrada del casco antiguo, donde las callejuelas aún huelen a brisa marina y el aroma del café se intensifica al caer la tarde, con frecuencia se le veía sentado con su violín. Justin «Justus» Kullemberg llegó desde Hamburgo, se mudó a Ibiza en 2008 y convirtió las terrazas, los escalones y las plazas de la ciudad en su escenario. Vivía de las monedas y los sobres que los espectadores a veces dejaban en su sombrero. El viernes 13 de febrero falleció. Una organización local de ayuda le dedicó un obituario en las redes sociales, como en el caso de Muerte de la acróbata Martina Barceló: despedida familiar en Bautzen.
Pregunta central: ¿Por qué la despedida de un conocido músico callejero no es solo una tragedia personal, sino un espejo de cómo las ciudades insulares afrontan la pobreza, la cultura y el turismo?
Un breve repaso: Hace algo más de quince años, cantantes, malabaristas e instrumentistas llenaban las calles; existía una convivencia áspera e improvisada entre residentes, trabajadores temporales y artistas. La vivienda era comparativamente más asequible y la ciudad era más conocida por sus plazas abiertas que por los apartamentos de lujo. Con una menor tolerancia hacia el arte callejero sin licencia y un control más estricto, ese panorama cambió. Muchos artistas se marcharon, otros se quedaron —como Justus. Él mantuvo un modo de vida que no solo proporcionaba ingresos, sino también identidad y presencia.
Análisis crítico: Aquí falta una estrategia coherente que aborde simultáneamente tres niveles: ayuda social, reconocimiento cultural y gestión urbana. Por una parte están las multas, las expulsiones de espacios y los trámites de licencias que empujan gradualmente a los artistas hacia los márgenes. Por otra, existen ofertas de ayuda fragmentadas: reparto de alimentos, albergues, centros de salud, en parte sin seguimiento duradero para problemas psíquicos o de adicción. El resultado es un patchwork en el que personas como Justus quedan atrapadas entre la solidaridad vecinal y el castigo burocrático, tal y como señalan organizaciones como FEANTSA — federación europea sobre el sinhogarismo.
Lo que a menudo falta en el debate público es la voz de quienes se ven afectados. Las discusiones sobre la imagen urbana y el turismo siguen siendo abstractas —«ordenanza por aquí», «licencia por allá»— mientras que la existencia individual en la calle rara vez tiene eco. Tampoco se habla lo suficiente sobre prevención: ¿Cómo evitar que las personas caigan en una situación de sinhogarismo crónico? ¿Cómo garantizar el acceso a atención médica regular, a espacios para guardar instrumentos o a oportunidades legales para actuar?, según recomendaciones como las de la Organización Mundial de la Salud — vivienda y salud.
Una escena de Mallorca que ilustra el problema: a primera hora del sábado en el mercado del Olivar en Palma se apilan cajas de naranjas; camiones descargan y las vendedoras gritan. Un acordeonista abre su bolsa, coloca un cartel y comienza a tocar. Los transeúntes responden con amabilidad, pero un inspector municipal se acerca, toma nota y se marcha. Esta breve interacción muestra dos caras: la cultura como enriquecimiento diario y la cultura como objeto que requiere regulación; una dinámica que se analiza en Entre llaüts y vacío: Un paseo crítico por los rincones olvidados de Palma. Lo mismo ocurre en Ibiza.
Propuestas concretas, no solo palabras bonitas:
1. Regulaciones especiales flexibles para el arte callejero: permisos temporales por horarios, zonas fijas en los cascos antiguos y un procedimiento transparente y sencillo, para que los músicos no vivan con la amenaza constante de sanciones.
2. Servicios de ayuda coordinados: equipos móviles que integren atención médica, asesoramiento sobre adicciones y asistencia social; gestores de casos obligatorios que acompañen a las personas a más largo plazo.
3. Almacenes para instrumentos y empleo: lugares seguros para guardar instrumentos, acceso a salas de ensayo y espacios para actuar, programas de cooperación con asociaciones culturales para actuaciones remuneradas.
4. Vivienda para personas necesitadas: modelos de ocupación con pisos asequibles y trabajo social de acompañamiento, tanto a corto plazo como en fases de transición.
5. Memoria pública e inclusión en la historia cultural: espacios para el recuerdo de los artistas callejeros, documentación de su contribución a la cultura de la ciudad, para que su papel no desaparezca sin más.
Conclusión contundente: La despedida de Justus no es una anécdota cualquiera. Marca el fin de una era de cultura callejera abierta y revela lo poco que las islas han estado dispuestas hasta ahora a pensar simultáneamente la asistencia social, la diversidad cultural y el desarrollo urbano. Quien llena las calles solo de normas, sin ofrecer a las personas una perspectiva, pierde más que unos acordes: pierde un trozo del alma urbana.
En las plazas el violín a veces queda silencioso, pero la cuestión de cómo tratamos a las personas en los márgenes sigue sonando. Y mientras las respuestas sigan siendo a medias, vendrán más despedidas. También surgen debates asociados al coste del duelo, como en el caso de Cuando el duelo cuesta dinero: colecta tras la muerte de un ciclista en Santa Ponça.
Leído, investigado y reinterpretado para ti: Fuente
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