Puerta medieval Torres del Temple de Palma con pinturas islámicas restauradas, almenas y escaleras antiguas.

Imágenes ocultas y almenas: nueva vida para las Torres del Temple de Palma

Imágenes ocultas y almenas: nueva vida para las Torres del Temple de Palma

Durante los trabajos de restauración en la puerta Torres del Temple del siglo XII, en el casco antiguo de Palma, afloraron pinturas murales islámicas, almenas medievales y antiguas escaleras. La puerta se proyecta como un museo sobre la historia de la ciudad.

Imágenes ocultas y almenas: nueva vida para las Torres del Temple

Se descubren pinturas murales islámicas, almenas originales y escaleras medievales bajo el enlucido

Se está en la calle Temple, donde el casco antiguo aún es estrecho y un poco áspero: carritos pasan rodando, una cafetería saca las primeras sillas, una grúa aparece entre los tejados. Allí, detrás de redes y andamios, restauradores trabajan en las Torres del Temple, la puerta medieval que acompaña a la ciudad desde el siglo XII.

La restauración ha traído más que nuevos enlucidos: los especialistas han sacado a la luz, bajo pinturas antiguas, rastros de pintura mural islámica. Fragmentos de color ocre y rojo, franjas ornamentales que muestran que aquí en su día pintaron manos distintas a las que cubrieron la superficie en los siglos XIX o XX, hallazgos que recuerdan otros descubrimientos como Cisterna más profunda, mil fragmentos: qué significan los nuevos hallazgos en el castillo de Alaró.

Además se han visto almenas conservadas en su estado original —esas estructuras angulosas en lo alto de un muro— y varios arcos que hacen legible la construcción medieval de la puerta. También vuelven a ser visibles tramos de antiguas escaleras que quedaron en el interior del edificio y fueron cubiertos por capas posteriores.

Para el vecindario son pequeñas sensaciones. Quien estuvo recientemente en una esquina de la calle Temple ahora nota cómo el polvo de la obra se mezcla con el olor a ensaimadas recién hechas y cómo el repiqueteo de las herramientas se ha convertido en la nueva música de fondo. Es una imagen muy prosaica: una escalera, un cubo, un restaurador que trabaja con un pincel fino —y detrás, restos de una historia que de pronto vuelve a hablar—, sensaciones parecidas a las vividas tras la reapertura de los jardines de la Misericòrdia.

El concejal y los conservadores tienen una idea concreta: convertir la puerta en un museo que muestre la historia de Palma desde la prehistoria hasta la Edad Media. Es una promesa importante, porque así se devuelve un fragmento de la historia urbana a un lugar que ya es historia en sí mismo, siguiendo recomendaciones de organismos como ICCROM.

¿Por qué es bueno para Mallorca? Porque proyectos así conectan dos cosas: memoria local e interés de visitantes. Un pequeño museo en la calle Temple crea espacio para escuelas, residentes y turistas que buscan algo más que vistas de postal. Ayuda a reforzar el conjunto del casco antiguo y a conservar oficios —canteros, restauradores, técnicas de conservación— que de otro modo rara vez se muestran públicamente, apoyándose en recursos y formación como los del Getty Conservation Institute.

Lo que aún falta en el debate de Palma —una discusión sobre preservación frente a reconstrucción, que ya ha generado controversia local—, por ejemplo en casos como Demolición en Palma: cuando la reconstrucción sustituye al original, es una idea más precisa de cómo funcionará el museo: ¿qué objetos se expondrán? ¿Cuánto espacio habrá para exposiciones temporales? ¿Cómo se organizarán las propuestas educativas para niños y vecinas y vecinos? Esas preguntas deben responderse antes de que caigan los últimos andamios.

Medidas concretas que ahora parecen sensatas: planes de mediación transparentes, un proceso de participación con el vecindario y las escuelas, y un enfoque en el seguimiento conservador —porque las pinturas descubiertas necesitan gestión climática permanente, no prisas, según el ICCROM. Si se piensa en esto desde el inicio, el resultado puede ser duradero y no solo una bonita capa superficial.

El ambiente en el lugar es optimista. Por la mañana pasa una máquina de limpieza urbana, los pescadores del puerto siguen trabajando en sus redes, y sin embargo la ciudad en esa esquina ha recibido un pequeño regalo: una vista auténtica de las capas del tiempo. Para los residentes eso implica a veces un ajuste —obras, accesos cambiados—, pero la posibilidad de vivir directamente un trozo de historia compensa mucho.

Mi impresión: las Torres del Temple son más que un edificio; son un lugar donde oficios, memoria y vida cotidiana se encuentran. Si la restauración se acompaña con criterio, la puerta puede convertirse en un pequeño pero excelente centro formativo —para restauradores, docentes y personas que quieran acercarse a la historia de la ciudad—, apoyado en buenas prácticas internacionales.

Perspectiva: dentro de unos meses se podrá atravesar un arco abierto y no ver solo piedras, sino experimentar una pequeña narración sobre la ciudad —desde los primeros asentamientos hasta las fortificaciones medievales. Para Palma sería un enriquecimiento, tranquilo y humilde, sin gran pompa, pero con un beneficio real para el paisaje urbano y la educación cultural.

Quien pase por la calle Temple en las próximas semanas puede detenerse más a menudo, respirar el olor a cemento y bollería y imaginar cómo las imágenes y las almenas descubiertas harán que los visitantes se detengan y miren.

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