
Cuando los pueblos se convierten en decorado estacional: por qué las segundas residencias dominan en Mallorca
En muchos lugares de Mallorca las segundas residencias superan a las viviendas habituales. Cómo afecta esto al día a día, a los precios y a la vida municipal —y qué medidas locales pueden ayudar.
Cuando el vecindario cambia en verano
A veces se nota ya por la mañana: otros golpes de maletas, matrículas extranjeras, las cigarras zumban más fuerte de lo habitual. En la plaza del pueblo en julio hay otra vida que en febrero. No es una observación romántica, sino una constatación: en cada vez más municipios de Mallorca las segundas o viviendas vacacionales son hoy más numerosas que las casas habitadas de forma permanente, como recoge Pueblos a tiempo parcial: cómo las segundas residencias socavan los municipios de Mallorca.
La cifra que invita a reflexionar
El Instituto Nacional de Estadística (INE) da datos claros: en 14 municipios predominan las viviendas no habitadas de forma permanente. Aparecen nombres como Andratx, Ses Salines, Santanyí o Felanitx —y la situación es especialmente aguda en los pueblos de montaña de la Tramuntana. Fornalutx, Deià o Banyalbufar tienen en algunos casos hasta dos tercios de casas que en las estadísticas se consideran desocupadas, una dinámica que también analizan en Los pueblos del 60 %: cómo los compradores extranjeros cambian los vecindarios de Mallorca.
Lo que esto significa para la vida cotidiana
Fachadas vacías por la tarde, plazas llenas en agosto: los cafés abren de forma estacional, las panaderías reducen plantilla en invierno, mientras que en verano casi todas las sillas son necesarias. Los padres con niños en edad escolar oyen menos ruido infantil camino al colegio. Los horarios de farmacias y autobuses siguen la temporada. Para muchos residentes esto significa: menos vecinos, menos intercambio, más soledad cuando sopla el viento del norte.
El efecto se puede cuantificar: según el INE más de 100.000 viviendas en las Baleares se consideran desocupadas. Eso presiona precios de alquiler y compra. Las familias jóvenes se marchan o deben aceptar desplazamientos largos. Profesores, cuidadores o trabajadores manuales encuentran pocas opciones asequibles en los lugares donde se les necesita, un fenómeno relacionado con el auge de los apartamentos vacacionales y su impacto en la vida cotidiana.
Las consecuencias menos visibles
Menos conocidas, pero palpables: la carga estacional sobre las infraestructuras. Tuberías, gestión de residuos y carreteras deben dimensionarse para el pico del verano, pero en invierno funcionan por debajo de su capacidad. Eso cuesta dinero a los ayuntamientos. Las ubicaciones de los centros escolares varían si año tras año se van marchando los niños. Y surge un problema de gestión: ¿cómo planificar a largo plazo si los ingresos municipales fluctúan tanto?
Otro tema son las estructuras de propiedad: algunas casas pertenecen a inversores o a personas en el extranjero que solo aparecen brevemente antes de la temporada en la oficina del abogado o del administrador. A menudo falta transparencia: ¿quién decide sobre una vivienda, quién es localizable cuando hay que reparar un tejado? Esta transformación se refleja también cuando las casas se alquilan a inquilinos extranjeros y cambian los vecindarios.
A quién se menciona raramente
Sería simplista considerar solo las cifras de turistas o las listas de precios. Apenas se trata la cuestión de la estacionalidad del trabajo: los temporeros encuentran alojamiento en las mismas viviendas que faltan luego para el personal estable. O el empobrecimiento cultural: las fiestas tradicionales se adaptan al visitante en lugar de al vecindario. Tales desplazamientos cambian la identidad lentamente —a veces casi sin notarlo.
¿Qué se puede hacer a escala local?
La pregunta principal sigue siendo: ¿queremos mantener nuestros pueblos habitables todo el año o aceptamos que se conviertan en un decorado? La respuesta requiere políticas concretas, no solo llamamientos.
Medidas concretas que podrían funcionar:
- Un registro más estricto de viviendas vacías combinado con un impuesto moderado sobre el desuso que motive a los propietarios a alquilar o vender a largo plazo.
- Incentivos fiscales o subvenciones para propietarios que pasen a contratos de alquiler de larga duración —por ejemplo mayores amortizaciones o apoyo en obras de rehabilitación para vivienda permanente.
- Controles más estrictos y sanciones claras contra el alquiler turístico ilegal; al mismo tiempo un registro transparente de todos los inmuebles con uso turístico.
- Programas municipales que activen temporalmente viviendas vacías para fines sociales: vivienda para profesores, cuidadores o familias jóvenes mediante cooperativas o alquileres temporales.
- Procesos burocráticos simplificados para propietarios que quieran alquilar de forma permanente: menos formularios, competencias más claras y servicios de asesoramiento.
Algunos palancas pequeñas pero eficaces
A veces ayudan también las iniciativas locales: mercados comunitarios invernales, coordinación de coches compartidos en pueblos pequeños, ofertas emergentes de artesanía en invierno —eso hace que los pueblos sean más atractivos para quienes quieren quedarse. Los municipios pueden reinvertir los ingresos estacionales en servicios de todo el año: atención en la escuela primaria, horas de biblioteca permanentes, un plan de autobús sólido en invierno.
Conclusión: el reloj corre
Los números no son un destino —son una llamada de atención. En Mallorca cada municipio decide ahora si conserva su rostro durante todo el año o lo reduce a los meses bonitos. Los que quieran conservarlo necesitan valor para establecer normas locales, incentivos prácticos y un plan claro para vivienda, empleo y comunidad. Si no, al final solo quedarán fachadas espléndidas y escaleras vacías cuando las maletas vuelvan a rodar.
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