Constanze y Sven paseando por el paseo marítimo de Palma con vistas al mar

«Mi corazón me llevó a Palma» — Cómo una pareja germano‑austriaca echa raíces aquí

Un dúo Viena‑Hamburgo cambia las vacaciones de otoño por la vida cotidiana junto al mar: pequeños rituales, talleres en alemán y un tatuaje de la isla muestran cómo se crea con cuidado un nuevo hogar en Mallorca.

Del viaje breve a la vida cotidiana junto al mar

Empezó con un paseo, de esos que se ven a menudo en Mallorca: el viento trae sal y voces, las gaviotas gritan, en algún lugar suena una iglesia. Para Constanze, de Viena, y Sven, de Hamburgo, fue más que un momento. Unas vacaciones de otoño se quedaron en la cabeza y en el pecho, y pocos meses después comenzaron a empaquetar cajas. Hoy viven en Palma, tienen el Passeig a la puerta y un pequeño ritual de espresso por la mañana —a veces con vistas a la Punta y a la animada marejada del puerto que se despierta poco a poco.

¿Por qué precisamente Palma?

«El mar tiene algo que calma», dice Sven, señalando las largas olas de la Playa de Palma. Constanze añade riendo: «Mi corazón se sintió aquí más ligero de inmediato.» No son los motivos de postal lo que los atrae, sino las impresiones sensoriales: aire salado, el olor de una ensaimada recién hecha, el viento que despeina. Para ellos Palma no es un decorado, sino una ciudad que se conquista paso a paso.

El trabajo sigue siendo digital, el encuentro se hace local

Ambos trabajan como coaches. Constanze se especializa en comunicación interpersonal y liderazgo, Sven en trabajo de pareja. La clientela sigue estando mayoritariamente en Alemania y Austria; mucho se hace a través de pantalla y auriculares. Pero la pareja quiere más que una dirección digital: pequeños encuentros en alemán en Santa Catalina, noches ocasionales en una finca o un taller en un café cultural — conversaciones reales, no un espectáculo seminario. Así quieren mostrar su perfil y, al mismo tiempo, mantener la cercanía vecinal.

Una promesa visible

Algunas parejas se ponen anillos, otras se marcan con cartas: Constanze y Sven llevaron el contorno de la isla tatuado en los antebrazos. No por un cliché romántico, sino como recordatorio diario de la decisión. Un pequeño tatuaje, hecho una tarde cálida, que vibra en el cepillado de dientes y en el saludo de manos en la cafetería —una brújula silenciosa hacia Palma.

Rutinas entre el mercado, la Tramuntana y el mar

Los fines de semana exploran la isla, tan despacio como un tren que entra en la estación: el mercado en Sineu, una vuelta por las callejuelas del casco antiguo, una excursión a la Serra de la Tramuntana (patrimonio de la UNESCO), donde el aire huele a pino y piedra. Por la noche vuelven a la costa, caminan descalzos hasta que la sal cruje entre los pies. «No queremos meter trabajo y vida en cajones», dice Constanze. «Queda suficiente espacio para el descanso.»

Con respeto por la isla

Ser nuevos en la isla también significa saber escuchar. Conocen a los vecinos, prestan atención a los ritmos locales: el pregón del mercado los sábados, las risas de los niños en la plaza, la música tenue de un bar a horas tardías. Constanze cuenta cómo la ceguera temprana en su biografía la hizo sensible a los puntos ciegos en las relaciones. Hoy utiliza esa experiencia para ayudar a las personas a hacerse visibles —con empatía y sin patetismo; además consultaron guías prácticas, como Consejos para convertir Mallorca en tu hogar, que recogen trámites y rituales vecinales.

No es un arrebato, sino una construcción cuidadosa

¿Grandes eventos? Tal vez algún día. Por ahora disfrutan de las pequeñas cosas: un café a las diez, una breve sesión de coaching con una clienta en Viena, un paseo al atardecer, el susurro del mar. Para la isla es otra historia de personas que ven Mallorca no solo como vacaciones, sino como oportunidad; historias parecidas aparecen en piezas como Dos parejas comienzan de nuevo en Mallorca o en relatos de famosos que mantienen su vínculo con la isla, por ejemplo Birgit Schrowange sigue ligada a Mallorca. Para Constanze y Sven es, sencillamente, un hogar que están construyendo lenta y respetuosamente —con café, conversaciones y la firme voluntad de quedarse aquí.

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