Pinos talados en Palma dejando un vacío en el paisaje urbano junto al aeropuerto

Cuando los árboles de Palma callan: pinos talados y la confianza perdida

Pinos en el aeropuerto, plátanos en el casco histórico, talas secretas en Ciutat Jardí: la ciudad toma decisiones que muchos vecinos solo conocen después. ¿Por qué falta transparencia y cómo se puede recuperar la confianza?

Cuando los árboles de Palma callan: pinos talados y la confianza perdida

La semana pasada, primeras horas de la mañana en el aeropuerto Son Sant Joan: el olor típico a queroseno y a café recién hecho en las cafeterías. Busco los pinos que durante años daban sombra a quienes llegaban y se marchaban. No hay nada. Solo una nueva y algo desangelada parada de autobús y operarios con chalecos naranjas. Nadie había informado a los residentes.

Un pequeño corte — y un gran hueco

Escenas así se repiten: en Ciutat Jardí cayendo hace unos días dos pinos grandes. Las motosierras aullaron desde las primeras horas, los vecinos miraban desde los balcones y escuchaban los ruidos como un mal presagio. Más tarde vino la explicación: riesgo de caída. La seguridad es prioritaria, están todos de acuerdo. Pero ¿por qué informar solo cuando el tronco ya está en el suelo?

La cuestión tiene un componente emocional. Los árboles están presentes en el día a día de forma silenciosa: dan sombra en días calurosos, amortiguan el ruido de las calles, son puntos de encuentro vecinales. Cuando desaparece un árbol no solo falta el follaje: se va un trozo de la historia de la ciudad. He visto a gente correr por la muralla al enterarse de que iban a talar ombúes. Casos similares aparecen en reportajes sobre las antiguas olivas, higueras y plátanos de Palma. Hubo protestas, denuncias y un juicio, como en la oposición vecinal en la Plaza Llorenç Villalonga. Los jueces dieron la razón al ayuntamiento. Tener la razón y recuperar la confianza son dos cosas diferentes.

Técnica, normas — y un vacío informativo

La Associació Balear del Arbre (ABA) ha adoptado desde entonces un tono más conciliador. Agustina Sol, su presidenta, elogia la existencia de un plan de gestión y de informes técnicos. Eso suena razonable, si esos documentos no permanecieran tan a menudo en la oscuridad. El plan municipal de gestión de 2012 exige: información previa 48 horas en casos no urgentes. En la práctica: a menudo no se cumple.

El problema no es solo la motosierra. Es la forma en que se comunican las decisiones. Un cartel en la farola, una nota breve en la web municipal, un papel en el buzón: casi sin coste y con gran efecto. En cambio, los ciudadanos a veces se encuentran con hechos consumados. Eso deja desconfianza. Y la desconfianza se contagia rápido: quien hoy ve un árbol, mañana se pregunta si seguirá ahí.

Entre una poda radical y un nuevo comienzo

Por supuesto hay casos en que una intervención drástica está justificada. En el casco antiguo de Palma se han podado plátanos de tal manera que quedaron solo troncos hendidos. Para unos es vandalismo, para otros la oportunidad de una nueva estructura de copa. Ambos habrían mostrado menos enfado si la razón se hubiera explicado antes —con cifras, fotos y escenarios alternativos.

No se puede «reemplazar» un árbol de la misma manera. Un olivo centenario alberga otra vida que un plantón recién puesto. La ecología, la sombra, la avifauna: todo eso necesita tiempo. Y sí: un árbol de reemplazo es una promesa de futuro, no una solución inmediata. La confianza puede erosionarse por motivos muy distintos, incluso por asuntos como el caso de los 55.000 euros retenidos en un salón de juegos.

Pasos concretos que la ciudad podría dar ahora

Mi propuesta es pragmática y local: más transparencia, menos sorpresas. Concretamente esto significa:

1. Obligación de publicar los informes técnicos — no solo internamente, sino accesibles al público, con explicaciones en lenguaje sencillo. Quien entienda por qué un árbol es peligroso suele aceptar la medida.

2. Tomarse en serio la regla de 48 horas — cartel, información web, publicación en redes sociales y, si es posible, un aviso en los edificios colindantes. El ayuntamiento dispone de las herramientas; muchas veces solo falta la costumbre.

3. Registro de árboles y códigos QR — cada árbol singular tendrá una ficha: edad, especie, informes, medidas previstas. Un pequeño código QR en el tronco puede saciar la curiosidad y frenar los rumores; hay antecedentes y guías técnicas, por ejemplo en un artículo sobre arbolado urbano.

4. Participación en el territorio — implicar al consejo de barrio o a padrinos de árboles. Cuando la gente puede opinar, no se siente automáticamente atropellada.

5. Documentación y compensación — fotos antes/después, cronograma de replantación, compromiso de sustituciones que devuelvan sombra en los alrededores. No todas las promesas son románticas, pero son un comienzo.

Por qué todo esto no es solo protección de árboles

Se trata de confianza en la ciudad. Si una administración elimina árboles de la noche a la mañana y la explicación llega después, se crea un vacío que se llena de rumores y desconfianza. La parte legal puede estar resuelta, pero queda la sensación de que las decisiones se toman por los ciudadanos y no con ellos.

Los árboles de las calles de Palma son algo más que mobiliario urbano. Dan sombra, son puntos de encuentro y anclas de memoria —y a veces testigos de pequeñas historias cotidianas que no siempre valoramos. Si la motosierra calla, el ayuntamiento no debería hacerlo. Informar, explicar y permitir participar cuesta poco y devuelve mucho. Sobre todo, confianza.

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