Centro histórico de Sóller con señal de zona de bajas emisiones junto a coches y peatones.

Sóller introduce zona de bajas emisiones: buena intención, ¿solución a medias?

Sóller introduce zona de bajas emisiones: buena intención, ¿solución a medias?

A partir del viernes 27 de febrero (23:00) entra en vigor en Sóller una zona de bajas emisiones que cubre el centro histórico. Se mantiene el acceso para residentes y excepciones; los turistas con coches de alquiler deberán usar los aparcamientos periféricos o pasarse al autobús, el tranvía o la bicicleta.

Sóller introduce zona de bajas emisiones: buena intención, ¿solución a medias?

Pregunta central: ¿mejora realmente la nueva ZBE el aire y la vida cotidiana, o solo traslada el problema?

A partir del viernes 27 de febrero, a las 23:00, entra en vigor en Sóller una nueva Zona de Bajas Emisiones (Zona de Bajas Emisiones – ZBE). Es un mensaje claro: se pretende liberar de tránsito de paso el casco histórico del Valle de las Naranjas. Permanecerán autorizados los residentes, los vehículos autorizados, los vehículos eléctricos, las bicicletas, los patinetes eléctricos, los taxis y las ambulancias; además, quedan exentos ciertos vehículos de reparto, las personas con movilidad reducida, los huéspedes de hotel y los propietarios de comercios. Quien entre en la zona sin permiso se expone a una multa de hasta 200 euros.

La idea detrás de la medida es plausible: menos emisiones, menos atascos, más espacio para peatones entre los naranjos. En la práctica surge pronto la pregunta: ¿a quién beneficia de verdad la norma? Sóller está —junto con el puerto Port de Sóller— regularmente abarrotado en temporada alta; los fines de semana se oyen por la mañana los motores de los autobuses en la carretera de acceso y por la noche las luces traseras forman kilómetros de cola. Con tiempo nublado llegan además visitantes de un día que en otras circunstancias estarían en la playa. A esos excursionistas pretende ahora dificultárseles la entrada. Si eso bastará, está por ver.

Datos concretos que no se deben pasar por alto: en las afueras del núcleo se han habilitado tres nuevos aparcamientos con un total de 300 plazas de pago. Además, para los residentes se han reservado alrededor de 1000 plazas marcadas en verde, destinadas solo a vehículos registrados localmente. Las excepciones para los coches registrados localmente son un arma de doble filo: protegen a los vecinos, pero podrían también hacer que coches antiguos y muy contaminantes sigan entrando a diario en el centro, reduciendo así la mejora de la calidad del aire esperada.

Análisis crítico: la medida se queda a medias si no se acompaña de normas claras. Preguntas importantes siguen abiertas o reciben poca atención en el debate público. ¿Cómo se medirá el éxito —con qué datos de calidad del aire y en qué periodo? ¿Serán suficientes las 300 plazas cuando en los días soleados lleguen cientos de visitantes de un día? ¿Cómo se evitará que el tráfico simplemente se desplace a los pueblos colindantes? ¿Y qué ocurre por la noche, cuando bares y restaurantes necesitan a sus clientes? Si muchos aspectos se sustentan solo en excepciones, la zona corre el riesgo de ofrecer más margen administrativo que alivio real.

Lo que falta en el discurso: objetivos y cifras transparentes. Hasta ahora no hay una indicación oficial sobre en qué porcentaje deberían disminuir las partículas finas o los niveles de NO2. Tampoco está claro qué controles o mediciones se llevarán a cabo en los próximos meses. También los actores turísticos —alquileres de coches, hoteles, conductores— necesitan procedimientos claros y comunicados con antelación: ¿cómo alcanzan los huéspedes de hotel el alojamiento sin estar registrados? ¿Se obligará a los arrendadores a inscribir las matrículas por estancias cortas?

Una escena cotidiana que ilustra el dilema: en una mañana soleada se ven furgonetas maniobrando en la estrecha carrer, ante la cafetería se detiene el tranvía, un señor mayor con una bolsa de la compra se esfuerza por subir la acera. En el puerto las gaviotas chillan, de la sierra llega el aroma de las naranjas. Los nuevos carteles están recién colocados, los turistas miran desconcertados los símbolos. Parece una fase de transición: buenas intenciones en medio de un ritmo de costumbres que no cambia por sí solo.

Propuestas concretas que ahora serían importantes:

1) Concepto de aparcamiento y lanzadera para visitantes: los 300 aparcamientos en los límites del núcleo deberían estar vinculados a un autobús lanzadera en los principales días de llegada. Un billete diario económico para aparcar y tomar la lanzadera orientaría de forma efectiva a los visitantes.

2) Permisos temporales para huéspedes: hoteles y alojamientos turísticos podrían registrar, a través de un portal digital, accesos limitados por días para sus clientes, de modo que las entradas y salidas no acaben en multas.

3) Ventanas horarias de reparto y zonas de carga: franjas horarias claras para las entregas reducen las paradas y arranques en las horas punta y evitan bloqueos.

4) Revisar las exenciones según emisiones: en lugar de favorecer de forma general a los vehículos registrados localmente, sería más justo escalonar las excepciones según la categoría de emisiones —esto fomentaría la tecnología limpia en lugar de proteger derechos adquiridos.

5) Medición transparente y obligación de informar: un plan de medición con valores de antes y después debe ser público, para que la política y la ciudadanía puedan comprobar el efecto.

Conclusión: Sóller ha hecho algo inevitable: el municipio pone límites al paso de coches por el casco histórico. Es una decisión valiente y necesaria. Pero el éxito depende de los detalles: de cuán estrictamente se gestionen las excepciones, de cómo se orienten los visitantes y de si existe un control honesto del resultado. Sin esas medidas complementarias, la ZBE corre el riesgo de quedarse en un acto simbólico más que en una ganancia tangible para la calidad del aire y de vida. Quien vive aquí lo percibe rápido: unas buenas normas no bastan por sí solas; además deben funcionar cuando el tranvía pita y las naranjas florecen.

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