Propuesta de línea de tren de Son Espases a Peguera entre carreteras congestionadas y zonas turísticas

Tren a Peguera: ¿visión con horario o solo retórica electoral?

Una línea de tren desde Son Espases hacia el suroeste suena a cambio de movilidad. Pero sin cifras, pruebas y conexión con autobuses y horarios laborales, la visión puede quedar en un costoso proyecto simbólico.

Pregunta central: ¿Puede el nuevo tren realmente descongestionar Mallorca?

Quien esté en el Paseo del Borne en una tarde avanzada de otoño aún oye el crujir del último calor del verano en los plátanos y ve las mesas vacías de las cafeterías. Las promesas suenan bien aquí. En la Ma-1 entre Llogarets y Son Ferrer, en cambio, la imagen es otra: una cadena interminable de coches de alquiler, los aire acondicionados zumban, los taxis chirrían en las curvas. ¿Puede una nueva conexión ferroviaria desde Son Espases pasando por Santa Ponça y Palmanova hasta Peguera unir estas dos imágenes, o se quedará en un espectáculo político?

Lo que está sobre la mesa

El Gobierno balear ha pedido a SFM que examine si una trazada desde el hospital universitario Son Espases hacia el suroeste es factible. Nombres como Palmanova, Santa Ponça y Peguera aparecen una y otra vez; planes a más largo plazo mencionan Llucmajor o Alcúdia como posibles nudos. Suena a un gran proyecto: un eje de movilidad que conecte centros turísticos con Palma y el centro sanitario. Pero: faltan cifras concretas, modelos de financiación y calendarios en el discurso público.

Los tres talones de Aquiles del proyecto

Si se mira más allá de las presentaciones con líneas y puntos, quedan tres preguntas abiertas que decidirán el éxito o el fracaso:

Costes y financiación: No existe una estimación de costes fiable ni una distribución clara de quién pagaría qué: ¿gobierno regional, ayuntamientos, fondos de la UE o inversores privados? Sin ello, la idea sigue siendo una visión bonita de postal.

Estacionalidad: En pleno verano los trenes probablemente irían llenos; en invierno corren el riesgo de vagones medio vacíos. Eso complica la planificación y la rentabilidad más que en redes continentales.

Último kilómetro e integración: Una parada en Peguera es solo el comienzo. Los hoteles suelen estar dispersos, hay que trasladar maletas, los cambios de turno del personal de limpieza se producen a horas inusuales. Sin conexiones de autobús fiables, taquillas para bicicletas e integración tarifaria, el tren será solo un bonito punto fotográfico.

Lo que se dice con poca frecuencia

En público muchos hablan de colores de líneas y horarios, pero menos sobre las consecuencias cotidianas. ¿Cómo se comportarán los precios inmobiliarios a lo largo de una nueva trazada? ¿Quién paga la impermeabilización del suelo, quién las vallas contra el ruido? ¿Y cuánto cambia una trazada fija el rostro de los pequeños pueblos costeros: positivamente por menos coches o negativamente por el consumo de terreno?

Igualmente poco frecuente: la perspectiva de las personas que deberían usar el sistema a diario. Personal de limpieza, cocineros, servicios de emergencias: necesitan conexiones asequibles y flexibles que encajen en sus turnos. Un anuncio político no reemplaza un cambio real en la movilidad laboral.

Pasos pragmáticos en lugar de grandes sueños

Para que la idea se convierta en un proyecto sólido se necesita más práctica y menos simbolismo. Propuestas que, desde aquí —entre bocinazos de taxis, gritos de gaviotas y polvo de obras— parecen sensatas:

1) Piloto en lugar de megaobra: Primero una trazada piloto modular Son Espases–Santa Ponça. Un solo carril, con tres o cuatro paradas, medición durante dos temporadas completas. Así se podrían determinar perfiles de demanda, costes operativos y problemas de conexión.

2) Transparencia financiera clara: Cálculos de costes abiertos, definición de las proporciones de financiación y modelos de reembolso —sin cortinas de humo políticas. Municipios como Calvià o Andratx deben saber a qué se comprometen.

3) Integración tarifaria y operativa: Incorporación inmediata al sistema TIB, abonos mensuales reducidos para el personal hotelero, suplementos para viajes nocturnos por cambios de turno. Una lógica práctica que no piense solo en billetes de turista.

4) Nudos multimodales: En los extremos: paradas de taxi aseguradas, microbuses a hoteles dispersos, taquillas para bicicletas y servicios de equipaje. Así el último kilómetro deja de ser un obstáculo.

5) Operación flexible: Frecuencias más densas en verano, trenes más pequeños o automotores en invierno. Planificación de personal con contratos estacionales, formación y garantías sociales para los empleados.

6) Participación y estudios ambientales: Participación temprana de residentes, informes independientes sobre ruido, biodiversidad y consumo de suelo —y medidas claras de compensación.

Lo que está en juego

Si se logra la integración, el tren puede ser más que un simple aliviador de atascos. Podría ordenar los flujos de desplazamiento, reducir la presión de aparcamiento en Palma y llevar a las personas trabajadoras con más fiabilidad a sus turnos. En las carreteras entre Son Ferrer y Llogarets volverían a escucharse los botes del día a día en vez del ruido de motores. Si el proyecto fracasa por promesas vagas, servirá en la campaña electoral como prueba de capacidad de gestión política, sin aportar beneficios reales para la isla.

Conclusión: realismo en lugar de discursos de escaparate

La idea de un tren hasta Peguera tiene potencial. Pero el potencial por sí solo no basta. Sin cifras transparentes, proyectos piloto probados y planes concretos para el último kilómetro, la idea quedará a medias. Ahora toca al gobierno regional y a los ayuntamientos: del promesa al taller, del cartel electoral a la obra. Quien esté en una suave tarde de otoño junto al mar y oiga la calma sabe: si se hace bien, Mallorca puede ser más silenciosa, más limpia y más fiable. Si no, solo será una bonita historia para el siguiente cartel electoral.

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