Mapa de Mallorca, Ibiza y Formentera indicando traslado de residuos y debate sobre gestión de 30.000 toneladas.

¿Adónde va nuestra basura? Una mirada crítica al papel de Mallorca como centro de eliminación

¿Adónde va nuestra basura? Una mirada crítica al papel de Mallorca como centro de eliminación

Mallorca pronto recibirá residuos de Ibiza y Formentera —y posiblemente Menorca—. Un ensayo piloto de 30.000 toneladas al año plantea preguntas: ¿quién paga, quién controla los riesgos y qué alternativas existen?

¿Adónde va nuestra basura? Una mirada crítica al papel de Mallorca como centro de eliminación

Pregunta central: ¿Puede Mallorca ayudar a corto plazo sin convertirse a largo plazo en el vertedero de las Baleares?

Temprano por la mañana, cuando el ferry procedente de las Pitiusas atraca en el Moll Vell y en el aire todavía flotan sal marina y diesel frío, ya circulan los primeros semirremolques hacia la planta de incineración Son Reus; según Palma acepta la basura de Ibiza, el gobierno planea una prueba de un año: unas 30.000 toneladas de residuos de Ibiza y Formentera —aproximadamente tres camiones por día— serían trasladadas a Palma y allí incineradas. En el papel suena a una solución intermedia pragmática. En las calles, en los muelles y en los barrios alrededor de Son Reus, la sensación es más compleja.

Análisis crítico: Las cuentas cuadran a primera vista, pero no por todas partes. Tres camiones al día pueden parecer "poco" para la capacidad de la planta, como se afirma. Pero la capacidad por sí sola no lo es todo. La concentración de carga implica más tráfico en áreas metropolitanas, emisiones adicionales exactamente donde vive y trabaja la gente; además, la técnica de incineración de residuos plantea cuestiones sobre residuos combustibles, contaminados o peligrosos. Contenedores sellados están bien —pero solo son tan seguros como el control y su cumplimiento.

Lo que falta en el debate público: transparencia sobre costes, emisiones y controles. Se hablan cifras (50 millones de euros de compensación) y de una supuesta reducción del diez por ciento en las tasas de basura para los municipios mallorquines, pero no está claro cómo se han calculado esos números, qué claves de reparto se aplican ni qué exigencias ambientales son vinculantes; convendría revisar la normativa de gestión de residuos aplicable. Tampoco se discute con la suficiente frecuencia quién asume la responsabilidad en caso de incidentes durante el transporte o el almacenamiento, y cómo se harán públicos los datos de medición de emisiones.

La dimensión social a menudo desaparece tras los números: en Ciudad Jardín o en el Paseo Marítimo no solo se oyen motores y el ruido de los contenedores, sino también vecinas y vecinos preocupados. Los hogares mallorquines se benefician económicamente en apariencia —tasas más bajas—, pero ¿qué tan justo es ese equilibrio si la carga se distribuye de forma desigual? Pequeñas localidades cerca del puerto soportan la carga, mientras que las zonas turísticas clásicas quizá apenas noten una mayor presión.

Escena cotidiana en la isla: un repartidor en Portixol cuenta, con el café a las seis y media, su temor a los accesos obstruidos si aumentan los transportes matutinos. En la Plaça Santa Catalina, vecinas y vecinos discuten con su café del mercado si el respiro verde de la ciudad se verá empañado por más columnas de camiones. Estas observaciones no son alarmismo; son indicios de hacia dónde van las inquietudes locales: ruido, seguridad, calidad del aire.

Propuestas concretas que son necesarias ahora: primero, un monitoreo público y accesible de todas las emisiones y transportes, programado y con datos en tiempo real, para que la población sepa qué sustancias llegan y cuándo. Segundo, rutas y franjas horarias vinculantes para proteger las zonas residenciales de la noche y de las horas punta. Tercero, reglas claras de responsabilidad y un plan de emergencia que incluya controles independientes por parte de inspectores, no solo de los operadores. Cuarto, inversiones en capacidades locales de reciclaje y compostaje en Ibiza, Formentera y Menorca, para que el traslado sea solo temporal. Quinto, una clave de distribución transparente de los pagos compensatorios con prioridad para los municipios que soporten más trabajo adicional.

A largo plazo también se necesita una estrategia: las islas no deben enredarse en una gestión de residuos dividida pero desigual, donde Mallorca sea la planta incineradora y las islas menores carguen con los problemas acumulados. Caminos alternativos serían la descentralización del reciclaje, la modernización de vertederos según estándares actuales, o cooperaciones regionales que minimicen los transportes.

Para concluir, un veredicto contundente: el pragmatismo no puede convertirse en pretexto. Un proyecto piloto puede ayudar a aliviar problemas agudos de vertederos. Pero no puede abrir la puerta a cargas permanentes e injustas sin control transparente y verdadera participación de las comunidades afectadas. Si Son Reus se convierte en un centro de tránsito, Mallorca debe asegurarse de que la cuenta no se haga solo en toneladas y euros, sino también en salud, seguridad vial y calidad de vecindario —y de que quienes pagan el precio puedan decidir cómo se calcula.

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