
Con bufandas y dulces: la cabalgata de los Reyes en Palma llena la ciudad antigua
Con bufandas y dulces: la cabalgata de los Reyes en Palma llena la ciudad antigua
A pesar del frío, familias llenaron las orillas y calles de Palma: los Reyes Magos llegaron en barco y un desfile de más de 400 participantes repartió más de cuatro toneladas de caramelos.
Con bufandas y dulces: la cabalgata de los Reyes en Palma llena la ciudad antigua
Llegada en barco, largo desfile y montañas de caramelos alegraron a los niños
La noche del 6 de enero el aire en Palma estaba cortante, las chaquetas más gruesas de lo habitual, y aun así muchas personas se reunieron en el antiguo muelle para ver la tradicional llegada de los Reyes Magos. Alrededor de las 18:00 horas entraron a la vista del puerto Gaspar, Melchor y Baltasar, no a caballo, sino por barco como es costumbre aquí desde hace décadas. El pequeño rugido de las olas se mezclaba con los gritos de los niños y el tintinear de tazas de los puestos móviles donde se servía chocolate caliente.
Lo que llamó la atención de inmediato fue el ambiente: amistoso, casi familiar. Padres sostenían termos y cámaras de móvil, y las abuelas colocaban gorros adicionales a los niños. Por el paseo marítimo y las estrechas calles del casco antiguo avanzó un colorido desfile con carrozas decoradas y más de 400 participantes; puede consultarse información sobre las carrozas. Sonaba música, el confeti flotaba en el aire y los Reyes saludaban desde carrozas elevadas, como en una pequeña función bien ensayada que aun así dejaba espacio para momentos espontáneos.
Los más pequeños, en particular, estaban encantados: se arrojaron y repartieron más de cuatro toneladas de caramelos en aceras y escalinatas. Reunir los dulces forma parte de la tradición tanto como la carta de deseos en la mesita. Se vieron manos pequeñas buceando ansiosas entre las golosinas, pero también adultos pidiendo que se dejara algo para los niños que llegaran más tarde.
El desfile serpenteó por el centro y aportó, aquella noche, color a una época del año por lo demás fría. Pasando por puntos conocidos como el Passeig Marítim y a la vista de la catedral, grupos locales, asociaciones y voluntarios ofrecieron sus aportaciones: bailarines, músicos y ayudantes que ordenaban la multitud. Fue una actuación comunitaria en la que generaciones distintas se mostraron reunidas.
Una pequeña escena me emocionó aquella noche: en la plaza estaban sentados dos pescadores que estaban recogiendo sus redes y seguían el paso del desfile con una amplia sonrisa. Formaban parte del público tanto como familias de los suburbios o una pareja del barrio que había reservado su banco favorito con antelación. Imágenes cotidianas como esas muestran que la tradición no es solo un ritual religioso, sino también un punto de encuentro y parte de la vida de la ciudad.
A nivel organizativo todo transcurrió con calma. Calles cortadas temporalmente, voluntarios indicando caminos y puntos con bebidas calientes, algo útil con las bajas temperaturas. Para personas con cochecitos o con movilidad reducida había accesos visibles en algunas esquinas; aun así, queda margen para mejorar la accesibilidad para que todos puedan disfrutar del espectáculo por igual.
Por qué estas noches son buenas para Mallorca se puede resumir en varios puntos: la tradición une a los vecinos, mantiene vivos los festejos y crea momentos que perduran en la memoria. Para la economía local, los eventos concurridos dan un impulso a cafeterías y pequeños comercios alrededor del casco antiguo; puede consultarse el programa de Navidad de Palma y cómo se organiza la temporada. Y no menos importante: dan a la isla, que en verano recibe muchos visitantes, también en invierno un rostro lleno de vida.
Lo que se puede llevar para los próximos años: algunos asientos térmicos adicionales y puntos de encuentro señalizados harían la noche más cómoda para las familias. Además, pequeñas indicaciones sobre gestión de residuos son útiles: la mayoría de los asistentes recoge lo suyo, pero algunas estaciones de ayuda extra ayudarían a que las calles queden limpias rápidamente.
Al caer la noche, cuando las luces en las fachadas del casco antiguo parpadean y pasa la última carroza, quedan las pequeñas huellas de la fiesta: manchas de chocolate en los gorros, una estrella de corona perdida en la acera y el leve eco de las voces infantiles; también destaca el espectáculo de luces que acompaña estas fechas. Detalles así cuentan más sobre Palma que cualquier estadística: muestran una isla que cuida la tradición y, al mismo tiempo, fortalece la comunidad.
En los próximos años podemos esperar noches similares. La llegada de los Reyes Magos marca para el público el fin de la Navidad y reúne una vez más a las familias antes de que vuelva la rutina. Para Palma no son solo horas festivas, sino un intercambio de cercanía, alegría y generosidad: una pequeña pero valiosa ganancia para la isla. La temporada navideña en Palma mantiene viva esta continuidad de eventos.
Quien se perdió el desfile: los recuerdos quedan en muchas fotos y en conversaciones en las paradas y en los cafés. Y la próxima oportunidad para vivir la comunidad de forma tan abierta llegará sin duda —quizá ya en la próxima cabalgata local o en un mercado de alguno de los pueblos, donde tradición y vida cotidiana seguirán yendo de la mano, como el campamento de tiendas de los Reyes Magos en Consell.
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