
Desaparece Son Dureta: fin de una era, comienzo de un debate
El derribo del antiguo Son Dureta ha comenzado. 70.000 toneladas de escombros, hallazgos de amianto y un proyecto para un nuevo centro de atención ambulatoria plantean preguntas sobre la transparencia, el medio ambiente y el vecindario.
Fin de una era — y muchas preguntas abiertas
Cuando hoy las grúas en la Avenida Gabriel Roca movieron sus largos brazos y el cielo sobre Palma se volvió un poco más polvoriento, quedó claro: Son Dureta, ese gris coloso de los años 50, ha desaparecido definitivamente, como confirma el Último derribo de Son Dureta finalizado. Para muchos es una imagen del álbum familiar: nacimientos, despedidas, largos pasillos. Para la ciudad es un proyecto con exigencias concretas: 70.000 toneladas de escombros, hallazgos de amianto y una multitud de procedimientos de autorización. La pregunta central sigue siendo: ¿Cómo gestionará Palma la transición del derribo a una nueva planificación sensata y transparente?
70.000 toneladas de escombros, amianto y la lentitud de la burocracia
La cifra suena como un golpe: alrededor de 70.000 toneladas de material que ahora deben ser retiradas. En la Carrer Son Dureta los camiones hacían fila; por la mañana el claxon del tráfico de suministros se mezclaba con el estruendo de las excavadoras. El hallazgo de amianto retrasó los trabajos, se contrataron empresas especializadas, se tomaron muestras y se establecieron zonas de contención, siguiendo las directrices recogidas en la guía del INSST sobre amianto. Todo ello es correcto e importante —pero para los vecinos también frustrante: períodos con menos ruido, luego más, y apenas ventanas temporales claras sobre cuándo ocurrirá cada cosa.
El problema que a menudo se pasa por alto: la demolición no solo genera polvo y ruido, sino también emisiones de CO2 y pérdida de recursos. Siempre que sea posible, debería examinarse si los materiales pueden reciclarse o reutilizarse in situ. Eso ahorra no solo costes de transporte y eliminación, sino que también protege el medio ambiente; además, evitar una gestión deficiente reduce el riesgo de incidentes como el gran vertedero ilegal en Son Reus.
Lo que planea la ciudad — y lo que esperan los vecinos
No está previsto un nuevo gran hospital, sino un complejo para la atención ambulatoria: centro de rehabilitación diurna, zona de urgencias y un centro de salud. Para muchos vecinos suena pragmático —menos tráfico que con un hospital, trayectos más cortos para acudir al médico y un acceso más moderno a la atención sanitaria. En la plaza me contó Ana, una mujer de mediana edad, que jugaba aquí de niña; una cierta nostalgia se mezcló con curiosidad. Vecinos mayores recuerdan las salas de espera interminables y los cumpleaños asociados a este lugar. Esos recuerdos no constituyen derechos urbanísticos, pero no deberían ser simplemente ignorados en la planificación.
Lo que a menudo se pasa por alto
En el debate público mucho gira en torno a la fecha del derribo y los planes de nueva construcción —menos sobre detalles que son importantes localmente: ¿cómo se monitorizarán las cargas en el aire durante la fase de derribo? ¿Quién controla el transporte correcto del material contaminado? ¿Existen servicios de salud temporales durante la obra para que las lagunas en la atención no se hagan sentir? Y, por último: ¿cómo se diseñará el espacio público una vez finalizada la obra —aparcamientos, zonas verdes, circulación?
Transparencia y participación ciudadana no son meras palabras vacías. Jornadas informativas públicas, datos periódicos sobre partículas finas y ruido, una web de la obra de fácil acceso —esos serían pasos sencillos pero efectivos para generar confianza.
Pasos concretos que hacen falta ahora
1) Publicar mediciones ambientales continuas: datos de polvo, ruido y contaminantes en tiempo real o actualizados semanalmente. Las personas alrededor de la Carrer Son Dureta tienen derecho a saber qué están respirando, conforme a las recomendaciones de la OMS sobre calidad del aire.
2) Fortalecer el ciclo de materiales: antes del transporte, comprobar sistemáticamente qué materiales pueden reciclarse o reutilizarse localmente —desde ladrillos y metales hasta muebles— y seguir las pautas de gestión de residuos de construcción y demolición del MITECO.
3) Establecer puntos de atención temporales: servicios móviles de salud o ampliación de horarios en centros cercanos durante la fase de obra cerrarían brechas y demostrarían que la atención sanitaria sigue siendo central en la planificación.
4) Involucrar al vecindario: pequeños proyectos como una placa conmemorativa, un proyecto fotográfico o un espacio de reunión de acceso público podrían conservar la memoria de Son Dureta y, al mismo tiempo, dejar espacio para nuevas cualidades urbanas.
Perspectiva — oportunidad en lugar de solo ruido
Los próximos pasos dependen del concurso público, la actividad constructora y la voluntad del Ayuntamiento de incluir a la ciudadanía. Si la administración apuesta ahora por la transparencia, el derribo puede ser más que un capítulo ruidoso: un complejo sanitario moderno y eficiente en recursos que atienda necesidades locales —y un espacio urbano que se integre en la vida cotidiana del barrio.
Hasta entonces toca: mantener los ojos abiertos, hacer preguntas y de vez en cuando caminar por el aire polvoriento de la Avenida Gabriel Roca —las gaviotas todavía chillan, las grúas seguirán trabajando y algún día habrá algo nuevo en este lugar. Sería una lástima que solo surgiera más hormigón y que se perdieran las historias que Son Dureta ha dejado atrás.
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