
Túnel de Génova: Palma busca una solución para el atasco diario
El Consell insular presenta planes de remodelación para el túnel de Génova: ¿rotonda o complicada subterránea? Una decisión que afecta no solo al tiempo de viaje, sino también al agua subterránea, a los autobuses, a los ciclistas y al ritmo cotidiano en Palma.
Túnel de Génova: Palma busca una solución para el atasco diario
Quien circula por la mañana a las 8:00 por la Carrer de Génova reconoce el sonido: frenos, un breve concierto de bocinas, el timbre de un pasajero de autobús que ha pasado de largo su parada. El Consell insular ha puesto sobre la mesa varias variantes para aliviar este cuello de botella. Pero la pregunta central sigue siendo: ¿Cuánta ciudad podemos sacrificar al tráfico —y cuánto tráfico puede tolerar la ciudad?
¿Qué se discute realmente?
En el plan hay dos caminos básicos: una solución superficial relativamente rápida en forma de una rotonda elevada con accesos más claros y carriles de giro mejor definidos —similar al nudo frente a Es Molinar—, una opción que aparece en propuestas como la ampliación de la rotonda, o una desviación subterránea mucho más compleja y costosa que redirigiría el tráfico de forma más amplia. Las cifras son impactantes: más de 100.000 vehículos pasan por ese tramo a diario, muchos de ellos en dirección al centro. Esto no solo afecta a los coches particulares, sino que también alarga los tiempos de los autobuses, inquieta a los ciclistas y congestiona el tráfico de reparto.
El lado a menudo olvidado: clima, aguas subterráneas y pequeños comercios
Mientras en los debates se habla con rapidez de costes y tiempos de obra, otros aspectos quedan en la sombra. Una subterránea afecta a las estructuras del suelo y las aguas subterráneas, lo que puede tener consecuencias para los edificios colindantes y para el ciclo urbano del agua. Las obras en un nudo tan transitado amenazan además la facturación diaria de los pequeños comercios y kioscos —la esquina donde la taxista ríe en el kiosco vive del paso de la gente.
Y luego está el factor climático: el tráfico de arranque y parada aumenta el consumo y las emisiones. Una solución que solo acelere el tráfico de coches puede aliviar a corto plazo, pero a la larga atraer más vehículos (demanda inducida). Esto se considera poco en muchas discusiones públicas.
¿Qué dicen las personas del lugar?
Entre el kiosco y la parada de autobús se oyen voces encontradas. Una taxista calcula ya de madrugada que ganaría media hora si el nudo fuera más fluido. Un repartidor en bicicleta advierte del caos de obras de meses y habla por muchos que dependen de la bici: "Si cavan aquí, el centro lo va a pagar". Estos puntos cotidianos muestran: no se trata solo de asfalto, sino de trayectos laborales, ruido y del pulso diario de la ciudad.
Oportunidades concretas y pasos realizables
En lugar de optar de inmediato por la opción más cara, hay pasos intermedios que pueden tener efecto rápido y con menos riesgos. Entre ellos están:
- Carriles temporales para autobuses y control semafórico inteligente: Con prioridad para autobuses y señalización inteligente, el transporte público podría obtener tiempos de viaje más estables y atraer a más usuarios al cambio modal. Para contexto sobre la situación del transporte, véase Más autobuses, mismos atascos.
- Tráfico circular de prueba en lugar de una gran obra inmediata: Instalar una rotonda provisional ligeramente elevada como proyecto piloto para observar los flujos antes de invertir millones en planes de túnel.
- Carriles protegidos para bicicletas y zonas de carga y descarga: Pequeñas intervenciones, como isletas protegidas para ciclistas o horarios establecidos para las entregas, mejoran la seguridad sin generar obras de larga duración.
- Planificación de obra por fases: Si se decide construir un túnel, hacerlo por etapas, con rutas de desvío claras y mecanismos de compensación financiera para los comercios afectados.
¿Cómo sigue el proceso?
Formalmente, ahora vienen estudios de viabilidad y evaluaciones ambientales. En los próximos meses se prevén procesos de participación ciudadana y estudios de tráfico. Si todo va bien, los diseños concretos podrían estar sobre la mesa en la primavera de 2026. Hasta entonces, se pide la implicación: quien viva cerca o atraviese la zona a diario debería estar atento a las convocatorias ciudadanas; la situación de las calles y atascos se refleja en reportajes como Palma lucha con calles llenas y también en medidas puntuales como los cierres nocturnos en los túneles de Génova y Bendinat.
Al final, la decisión no solo cambiará los tiempos de viaje, sino también cómo sonará la zona en el futuro: ¿menos bocinazos? ¿más canto de aves tras una nueva hilera de árboles? ¿o meses de sirenas de obra cada mañana? Encontrar el equilibrio entre eficiencia del tráfico, calidad de vida y desarrollo urbano a largo plazo es la tarea real —y merece más que una solución meramente técnica.
El sol se pone bajo sobre la ciudad, las farolas se encienden y la Carrer de Génova se prepara para otra oleada de viajeros. Palma tiene ahora la oportunidad de planificar con cuidado —y reducir por fin el estrés matutino de miles sin perder el barrio.
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