Edificio vacío en la Carrer de Reyes Católicos (n.º 31) tras el desalojo y cerrado para evitar reocupaciones.

Desalojo en Palma: ¿Qué queda después de la 'Casa del Horror'?

Desalojo en Palma: ¿Qué queda después de la 'Casa del Horror'?

El edificio desocupado en la Carrer de Reyes Católicos (n.º 31) fue desalojado, limpiado y asegurado contra nuevas ocupaciones. Los vecinos respiran aliviados, pero el desalojo no responde a problemas más profundos de edificios vacíos, escasez de vivienda y desprotección social.

Desalojo en Palma: ¿Qué queda después de la 'Casa del Horror'?

Pregunta guía: ¿Basta una puerta y una alarma para resolver un problema que dura décadas?

En la madrugada del lunes todavía flotaba sobre la Carrer de Reyes Católicos el olor a espresso y a cemento húmedo, cuando los vecinos informaron que el edificio ocupado desde hace años con el número 31 había sido desalojado. Obreros instalaron una nueva puerta reforzada, una alarma parpadeaba, y se escuchaba el mismo paisaje sonoro de siempre: escobas, bolsas de basura, voces que ríen aliviadas. Para muchas personas de la calle fue un momento que se siente como un suspiro después de largo tiempo.

Los hechos, tal como los describen vecinos y las medidas visibles, son estos: el bloque de viviendas inacabado fue desalojado, limpiado y asegurado estructuralmente. En los últimos años el inmueble había mostrado diversas caras oscuras: consumo de drogas, tráfico, señales de violencia e incluso fallecimientos. La insolvencia de la promotora dejó el edificio en un limbo legal y práctico que atrajo a ocupantes y puso a los vecinos en alerta.

Análisis crítico: una puerta cerrada es sin duda necesaria. Pero es sobre todo una solución a corto plazo para una maraña de problemas de más larga duración. El desuso y la especulación generan espacios donde la criminalidad puede arraigarse con facilidad. La reacción frecuente —denunciar, desalojar, proteger— repara los síntomas pero deja intactas las causas: ¿por qué permanecen edificios sin uso? ¿Quién asume la responsabilidad de su seguridad y mantenimiento? ¿Y qué ocurre con las personas que estaban en su interior?

Lo que suele faltar en el debate público son respuestas concretas sobre la reutilización y la atención social. No basta con informar que se ha desalojado; hay que preguntar qué pasos siguen para evitar nuevas ocupaciones y, al mismo tiempo, ofrecer ayuda. Muchos ocupantes no son delincuentes per se, sino personas en situaciones precarias —sin vivienda fija, con adicciones o sin acceso a recursos de apoyo. Si todo se resuelve solo con policía, el problema solo se trasladará a otro lugar.

Una escena cotidiana en Palma: frente al edificio una mujer mayor se sienta en la escalera de piedra de un café, el perro a su lado, y cuenta noches con ruido y sirenas. Niños del edificio contiguo pasan corriendo, sus mochilas golpean, llega una furgoneta de reparto y el hombre del quiosco limpia su mostrador. Son esos pequeños y fiables ritmos los que, tras años de inseguridad, deben volver a establecerse —son el verdadero indicador de seguridad en el barrio. La escena recuerda noticias sobre escasez de vivienda en Mallorca.

Propuestas concretas que deben plantearse ahora: primero, un inventario vinculante de todos los edificios vacíos en Palma con plazos para propietarios sobre reparaciones y medidas de aseguramiento. Segundo, un equipo de intervención rápido e interdisciplinario: administración municipal, registros de vivienda, trabajadores sociales y policía, que no solo desalojen, sino identifiquen a las personas, ofrezcan apoyos y soluciones transitorias; un modelo que ha sido reclamado en actuaciones municipales como el desalojo de Son Banya. Tercero, valorar si inmuebles como el n.º 31 pueden transformarse de forma urgente en vivienda social —con vías claras legales y de financiación, para evitar que la ciudad espere años por decisiones; por ejemplo, existen iniciativas para convertir oficinas y comercios en viviendas.

También hacen falta sanciones vinculantes para propietarios que permitan el deterioro, así como incentivos fiscales para darles un uso útil. Y no menos importante: un plan transparente de reutilización que implique al vecindario. Los residentes deben saber si una casa pasará a alquileres, a vivienda asistida o a otro uso —si no, seguirán las habladurías y la desconfianza. Casos en la isla muestran la necesidad de medidas claras, como en Manacor desaloja un asentamiento.

Otro punto: trabajo preventivo. Equipos móviles de adicciones y sociales, patrullas nocturnas con accesos de baja barrera a la ayuda y programas de prevención coordinados en escuelas y en la calle reducen la probabilidad de que edificios abandonados vuelvan a convertirse en refugio para personas en riesgo.

Conclusión precisa: el desalojo del número 31 es un comienzo, pero no un cierre. Elimina riesgos visibles y da a los vecinos aire para respirar. Pero sin un plan de uso, atención y claridad legal, el mismo problema puede aparecer en otro lugar, como muestran casos de demolición en Palma. Quien quiera tranquilidad duradera en las calles de Palma debe pensar conjuntamente el vacío de edificios, la asistencia social y la planificación urbana —si no, la medida de seguridad será solo un parche sobre una herida más profunda.

La imagen al anochecer: la luz de las farolas proyecta largas sombras sobre la puerta recién asegurada. Un hombre se detiene un momento, golpea la madera, niega con la cabeza y dice en voz baja: 'Por fin.' Es una frase humana, que no debe hacer olvidar que ahora comienza el trabajo real.

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