
Palma se limpia — ¿quién paga, qué queda?
Desde principios de año Emaya ha eliminado casi 7.000 grafitis en Palma. La limpieza se cruza con costes, protección del patrimonio y una pregunta en debate: ¿se borran las paredes o las formas de expresión?
Palma se limpia — ¿quién paga, qué queda?
Cuando por la mañana el viento del mar atraviesa las callejuelas del casco antiguo y el servicio de limpieza acaba de vaciar los últimos contenedores, ahora llama la atención: algunas paredes parecen más silenciosas, menos coloridas. Las empresas municipales de suministro Emaya afirman haber eliminado desde comienzos de año alrededor de 7.000 grafitis —casi 3.000 espacios y equipamientos públicos han sido limpiados. Cifras que impresionan. Pero, ¿qué hay detrás del número, quién asume la factura y cuán sostenible es la acción?
Limpieza para los residentes, frustración para otros
Para los vecinos de barrios concurridos como la Plaça y a lo largo de calles muy transitadas, la acción supone un alivio palpable: las entradas de las casas vuelven a ser visibles, las señales legibles. A primera hora, cuando los primeros cafés colocan sus sillas y las gaviotas sobrevuelan Portixol, se oyen con frecuencia elogios. Pero la intervención tiene dos caras. Algunos residentes ven la limpieza llamativa junto a rincones aún manchados y se preguntan: ¿por qué tan puntual? ¿Quién responde cuando se afecta una fachada privada? Permanece más confuso que las paredes recién encaladas.
Los costes menos visibles
Limpiar superficies extensas no es barato. Productos químicos, equipos a alta presión, empresas especializadas en piedra histórica: todo eso suma. La administración municipal habla de responsabilizar a los propietarios en ciertos casos; en otros, el municipio interviene para dar respuesta rápida. Pero los criterios sobre cuándo se cobran tasas o se eximen parecen a menudo improvisados. El problema no es solo la factura: falta una contabilidad transparente, plazos claros y un monitoreo público sobre qué superficies se han limpiado y a qué coste.
Los monumentos, el siguiente campo de batalla
Emaya anunció que como siguiente paso abordará edificios protegidos —entre ellos varias iglesias y el auditorio en las afueras. La limpieza de piedras históricas es delicada: productos inadecuados pueden dañar de forma permanente la pátina o la piedra caliza. Por eso deben intervenir empresas especializadas. Eso es correcto, pero también revela una carencia: en Palma falta un plan de protección escalonado que diferencie entre suciedad cotidiana, vandalismo y el cuidado conservacionista de los bienes culturales.
Lo que a menudo se pasa por alto en el debate
Menos visible, pero decisiva, es la cuestión de la reubicación y la expresión. Si se eliminan grafitis de forma generalizada, no desaparece necesariamente la necesidad de expresarse en el espacio urbano. En su lugar, las pintadas se trasladan a zonas marginales o la utopía del arte público se ahoga con amenazas de sanción. También se debate poco a los jóvenes que conciben las obras con spray como una forma de subcultura. La represión por sí sola no sustituye al diálogo; complementos educativos o divulgativos, como campañas locales, pueden ayudar a abrir ese puente: por ejemplo, la campaña por calles limpias y tenencia responsable de perros combina concienciación y presencia municipal.
Oportunidades concretas en vez de mera limpieza
Existen vías pragmáticas para unir el orden con soluciones creativas: un mapeo de los puntos conflictivos puede ayudar a emplear los recursos de forma más dirigida; muros legales y espacios temporales de proyecto ofrecen superficies alternativas; talleres en escuelas y centros juveniles combinan prevención con fomento. Un modelo de tasas transparente y vías rápidas de información —por ejemplo, una línea directa o una app para informar y hacer el seguimiento de las limpiezas— reforzarían la confianza. Para los edificios protegidos son obligatorias directrices vinculantes y restauradores certificados.
Una propuesta para Palma
El ayuntamiento, los propietarios y el vecindario podrían acordar un plan de tres puntos: 1) un registro público de todas las intervenciones de limpieza con costes y responsables; 2) un programa de muros legales para street art y fomento cultural para jóvenes spray artistas; 3) reglas claras y justas sobre la responsabilidad de los propietarios con tasas graduadas según la situación social. Junto a medidas culturales y de control, también se han planteado cambios en el mobiliario y el espacio público, como la intención municipal de suprimir las marcaciones amarillas de las terrazas o debates sobre cómo recortar tumbonas en las playas afectan al uso del espacio. Medidas así ligarían la limpieza a corto plazo con el desarrollo urbano a largo plazo —y evitarían que solo el fregado marque el rumbo.
Al final queda la pregunta clave
Palma ha logrado resultados visibles: rincones que antes parecían abandonados ahora muestran un aspecto más ordenado. Pero la cuestión central permanece: ¿esta oleada consigue el equilibrio adecuado entre orden público y vitalidad urbana —o se borran de un plumazo formas de expresión y la creatividad juvenil? La respuesta requiere más que equipos de limpieza: transparencia, diálogo y un plan que tome en serio tanto a los propietarios y la conservación de monumentos como a la escena creativa.
Importante para todos: los grafitis en edificios públicos o privados siguen siendo delito y sancionables con multas (hasta 3.000 euros). El ayuntamiento solicita que se denuncien los actos de vandalismo de forma inmediata.
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